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¡Dios, el eterno presente! – Por Carmen María Sterling Loyola.
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Hay una trampa en mirar la vida como si fuera una inversión que algún día hará “cash out”. Como si amar bien garantizara una mesa llena de hijos y nietos agradecidos. Como si entregarse por completo asegurara un desenlace concreto.
Y quizá eso funciona en ciertos ámbitos: en el deporte, en los negocios, en las metas donde el resultado depende en gran medida del desempeño propio.
Ahí tiene sentido hablar de estrategia, rendimiento, éxito, llegar a la NBA. Pero la vocación —y especialmente la maternidad— no funciona así. Porque el outcome no depende sólo de uno mismo, sino de múltiples libertades, heridas, decisiones y misterios que no controlamos.
Uno puede amar profundamente y aun así experimentar distancia. Puede sembrar con dedicación y no ver los frutos imaginados. Puede hacer “todo bien” y descubrir que la vida no opera como una ecuación.
Porque conozco más de una madre a la que le falta un hijo. Un accidente de coche. Una enfermedad incurable. Una llamada que partió la historia en dos. Y entonces pienso que quizá es un error vivir esperando una fotografía final: la mesa completa, los hijos reunidos, los nietos alrededor, la imagen perfecta de una vida “lograda”.
No quisiera descubrir al final del camino que esa foto nunca estuvo garantizada. Que quizá quien falta es uno mismo.
«La recompensa está en la manera en la que se vive el presente.»
Carmen M. Sterling Loyola.
Hay algo profundamente frágil en la existencia humana. Por eso resulta necio vivir el presente subordinado a cálculos futuros o atrapado en experiencias pasadas.
Como si la vida fuera una proyección financiera. Como si amar hoy sólo tuviera sentido por lo que podría producir mañana. Por eso quizá la recompensa verdadera no está al final. No está en una fotografía futura donde todo salió como esperábamos. Está en la manera en que se vive el presente: en la entrega cotidiana, en el acto mismo de amar, cuidar, sostener, cocinar, escuchar, resistir. En esa tarde difícil. En esa alegría breve. En ese cansancio silencioso. Ahí ocurre la vida.
Y así como Dios no entrega el pan de toda una existencia de una sola vez, sino el pan de cada día, también concede una satisfacción cotidiana: pequeñas porciones de sentido, de gracia, de consuelo. Lo demás —los resultados, las respuestas futuras, las recompensas visibles— es circunstancial.
«Cada día es un regalo.
Carmen M. Sterling Loyola.
No una promesa de mañana.
No un contrato de permanencia…
un regalo.»
Porque hay una verdad avasalladora que tarde o temprano termina imponiéndose: cada día es un regalo. No una promesa de mañana. No un contrato de permanencia. Un regalo.
Y quizá por eso la vida no debe vivirse desde la obsesión por asegurar resultados, sino desde la capacidad de habitar plenamente el día recibido. Amar hoy. Comer hoy. Reír hoy. Cuidar hoy. Pedir perdón hoy. Mirar a los hijos hoy. Confiarse a Dios hoy.
Porque el sentido profundo de la vida no está únicamente en aquello que permanece, sino también en aquello que, precisamente por ser frágil y pasajero, se vuelve infinitamente valioso.
Además en un sentido práctico, he descubierto que solo en la disposición de entrega total al ahora, es donde uno puede encontrarse con Dios, la intersección sutil de la eternidad y la existencia es el presente y es ahí donde El hace maravillas.
Es el único momento en que uno puede sentir el cielo. Y cada día nos ofrece ese misterio.
Con cariño,
Carmen María Sterling Loyola.
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