Espiritualidad, Inspiración

¡El verdadero «Kintsugi» que sana y restaura las grietas del corazón!

“Sanando corazones”, es el nombre del taller de arte que me sale en un anuncio. El corazón sólo asiente porque sigue sanando. De inmediato le extiendo la invitación a un par de amigas, porque si hay algo muy cierto es que esto de la “sanación y restauración” no se vive exclusivamente en individual, sino en comunidad.

“Kintsugi”, es la técnica que estaremos aplicando. Es una bella palabra japonesa que expresa “reparación dorada” y surgió hace muchos años para restaurar las fracturas de cerámica de una manera que resaltara la belleza de las piezas. Mostrando que aquello que nos rompe, en realidad es parte de nuestra historia – sin necesidad de ocultar el quebranto – y que puede traer una hermosura inesperada, una transformación anhelada.

Así que esa mañana, junto con una querida amiga y varias mujeres más, comenzamos a expresar el corazón por medio del arte, la plática, las risas, la fraternidad. Alzo la mirada a ratos para ver las piezas tan únicas de cada compañera, su creatividad y su ser expresándose de formas tan únicas e irrepetibles; así como lo es su historia personal.

Vienen a mi mente las palabras de San Pablo que escuché hace unos días en misa y tienen mucho que enseñarnos:

“Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad

en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda,

 según la riqueza de su gloria,

ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior.”

(Ef. 3, 14.)

Si algo queremos es un corazón fuerte; que afronte los retos de la vida, pero también que se mantenga sensible para no tornarse en piedra y evadir – y/o adormecer el dolor – que es inevitable en cada camino. Y la única forma de vigorizar esos corazones, es con el Espíritu de Dios.

Este es el “Kintsugi” de Dios; su Espíritu Santo.

“Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones;

que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento.”

(Ef. 3, 17.)

San Pablo sigue dándonos pistas sobre el efecto de este Espíritu de Dios en nuestros corazones. Mientras tanto las manos continuán pincelando, detallando y escuchando los corazones reunidos en aquella mesa.

«La forma de vigorizar nuestros corazones, es con el Espíritu de Dios.»

«Todas recogemos pedazos rotos con la esperanza de que el Espíritu volverá a unir todo y será aún mejor.»

Unos minutos después viene la parte que a nadie nos gusta; romper el corazón.

¡Vaya que sí sabemos de eso y es tan incómodo! Pero han sido justo las grietas que esta mujer necesitaba, para que ese Espíritu de Dios habitara en plenitud.

Una por una, tomamos el martillo y envolvemos delicadamente la pieza de arte – y nuestra vida entera – para ser vulnerables y ver pedazos rotos que esperan ser reparados. Algunas reímos de nervios, otras se sinceran en un ligero llanto. Pero todas recogemos esos pedazos con la esperanza de que el Espíritu volverá a unir todo, y sea aún mejor.

Nos sentamos de nuevo para pegar todas esas piezas e iniciar la restauración. Lo hago rápido para no olvidar dónde va cada pieza, pero esa prisa hace que la cerámica no pegue bien. Tengo que esperar – mi eterna enseñanza de vida – a que seque, incluso mi mano tiene que sostener la pieza unos segundos más de lo que quisiera y la dejo ahí; sin acelerar, con calma, como he sentido a Dios sostenerme en las peores rupturas de la vida: “me rodeas por delante y por detrás, tienes puesta tu mano sobre mí.” (Salmo 139,5).

Y esta viviencia de sostener la pieza quebrada por varios minutos, me hace sentir su cercanía en esos momentos de ruptura. Es sin duda cuando su Espíritu está aún más prsente, aún más cálido, aún más amoroso, aún más sensible a nuestro dolor, aún más real que cualquier otra cosa/persona/adicción, que quiera “intentar” restaurar algo que sólo el Creador sabe mejor.

Una vez pegadas lo mejor posible las piezas, viene el toque del polvo de oro – en este caso usamos pintura dorada, de otra forma nuestra mañana artística hubiera sido más costosa–  La ruptura no se disimula, sino que se resalta con este toque dorado y vemos tomar un nuevo valor, una nueva belleza, una nueva historia a este corazón nuestro tan humano.

«La cercanía de Dios es aún mayor en los momentos de ruptura.»

La maestra va cerrando el taller haciéndonos pensar cómo esa pieza que comenzó en blanco, se fue llenando de color, después se rompió y se restauró, e incluso ahora sostiene nueva vida como un posible florero.

Y son las palabras de San Pablo las que cierran con broche de oro, en mi corazón, esta experiencia:

“…Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que

pedimos o concebimos,

con ese poder que actúa en nosotros,

a él la gloria de la iglesia y de Cristo Jesús

por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.”

(Ef. 3, 20-21.)

Silvio Rodríguez lo canta así:

«Sólo el amor convierte en milagro el barro.
Sólo el amor engendra la maravilla.
Sólo el amor consigue encender lo muerto.»

Sólo el “Kintsugi” de Dios, su Espíritu, puede  obrar mucho mejor que nosotros en esto de la sanación y restauración, para tornar nuestro corazón roto en un corazón más humano, más cercano a Él, más lleno de su amor.

Cargo mi corazón de cerámica con cuidado, así como he sentido su mano puesta sobre mí…y sobre cómo sé que la tiene puesta en cada una de estas mujeres, amigas y personas que vienen a mi mente.

Su polvo de oro sanando y peganzo las piezas de nuestra historia, y de nuestro corazón, que es sagrado para Él.

Con profundo cariño, deseando sientas su espíritu sanando tu propio corazón.

Mariana López.

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Algo viene para gloria de Dios y para seguir restaurando nuestros corazones, también como mamás…¿Oras con nosotras? 🙏🏻😘❤️‍🔥

¡Todo el equipo te lo agradece profundamente!

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