Espiritualidad, Inspiración

¡Cuando Necesitas Aliento para Andar el Camino – Parte 2!

Escucho atenta las olas del mar, esta suave y rítmica agitación, que termina siempre en un “splash” que alcanza los pies, o si estás desprevenida, hasta la cabeza.

Estar aquí, frente a esta infinidad de amor; es un misterio y un milagro. ¿No es así también vivir?…Estar aquí y ahora, que estés tú aquí y ahora; es un misterio y un milagro. ¿No lo crees?

Ando sobre la arena, persiguiendo a mis chicos de julio. Intentando estar presente a los sonidos, los olores y colores. He ido aprendiendo lentamente (y muchas veces dolorosamente) que para andar camino, necesitamos soltarnos en él. Aunque sintamos que no llevamos un rumbo claro, o perfecto, o esperado.

La vida, con sus heridas, sus complejidades o inesperados chapuzones, nos revuelca en un mar de miedos, temores, tristezas y nuevas posibilidades (que no pedimos), pero posiblemente necesitamos para seguir navegando el camino con más soltura, con más sabiduría, sobretodo con más sencillez del corazón y un gran sentido del humor.

Andar, o navegar el camino si lo prefieres, es mantenerte:

¡Siempre humana, siempre hermana del otro,
siempre cercana a las heridas de alguien más,
porque tú misma vas tocando tu hermosa y rota humanidad!

El mar nos muestra la hermosura y las profundidades desconocidas. La vida también. Ambos lados son necesarios en esta experiencia humana. Y no, aún no tengo las respuestas a varias preguntas: “¿Por qué así?” “¿Por qué no saltarnos el trago amargo y salado de la vida?” “¿Por qué no permanecer en la eterna hermosura, si desde el inicio así fue deseado por Dios, para todos y todas?” “¿Por qué tanto sufrimiento en mi misma, alrededor, cerca, en otros…tan amados también?”

Andar el camino.
Andar…es todo lo que queda.
Andar es nuestro llamado, nuestra esperanza, nuestra fe.  

Mientras las olas siguen yendo y viniendo, borrando pasados y pisadas, lavando heridas, salando los corazones de novedad y disfrute; pienso en la analogía que mi querida Hermana Carina Fabro (mi sabia y cariñosa acompañante espiritual) me compartió hace una semanas:

“Mariana, hay cicatrices que son estéticamente perfectas, ni siquiera te das cuenta que hubo una herida. Pero hay otras que quedan muy mal físicamente. No lucen bonitas. No están estéticamente perfectas. Quizás ésta es la cicatriz que se está formando para ti y toca dar unos pasos para atrás, para aprender a vivir con la cicatriz…aunque no luzca nada bonita. Recuerda la canción de Cristóbal Fones SJ: “…al final de la vida llegaremos, con la herida convertida en cicatriz.” ”

Si observas de cerca mi codo derecho, verás la cicatriz; una doble cicatriz. La de la primera operación tras mi fractura, y la segunda para remover todos esos clavos que ayudaron, por un tiempo, a soldar mis huesos. No se ve “estéticamente perfecta”, quizás incluso alguien piense que me aventé una buena lucha con alguno de mis hermanos…y salí perdiendo.

Pero es un importante recordatorio en mi cuerpo, de que: a pesar de la herida, ahora hecha cicatriz, mi brazo aún se mueve. ¡Gracias a Dios y a los doctores! Mi brazo aún puede abrazar, escribir, cocinar, bailar, lavar más platos de los que me gustaría, cargar a mis hijos, y acoger a otras personas con sus propias heridas y cicatrices.

Andar camino no  requiere de cicatrices perfectas y lindas.
Andar requiere de tu “sí”, aún con cicatrices “nada bonitas”.
..redimidas con toda gracia y mucho amor.

Para andar plenamente tu propio camino, necesitas decir “sí” a todo lo que venga. Necesitas decir “sí” a lo esperado e inesperado, a lo anhelado y lo poco deseado, a las alegrías y a las tristezas, a los momentos de paz y también a los momentos de dolor, al blanco y al negro, o medio turbio. A los momentos de salud y a los de enfermedad también. A los momentos de abrazar, y a los momentos de alejarte. A los momentos de fluir con todo, y a los momentos de esperar para todo. A los momentos de hablar muy segura, y a los momentos de quedarte en quietud y silencio (bastante confundida). A los momentos donde todo brilla, y a los momentos donde sólo hay obscuridad y monotonía. 

En resumen: necesitamos aprender a decir “sí” a cada momento de la vida. De otra manera, es tu corazón el que con tanta resistencia a lo inevitable, sufrirá y se tornará en piedra; más que en humanidad y hermandad encarnada.

Andar el camino, con tu “sí” constante y abierto.
Para navegar más ligera, más confiada, más plena.
Y recordar, en medio de todo, que nunca vas sola.
Esa misma fuerza que arroja las olas, te abraza de pies a cabeza,

y te envuelve en un mar de gracias cuando das tu “sí”.

Sí, sufrí una caída que me rompió el codo en pedazos. Pero hoy estoy de pie, con todo y codo, ya sin clavos…con una cicatriz que me posibilita dar gracias por aún poder mover mi brazo, y escribir esto para ti; como si te diera un gran abrazo.

Y sí, también está una gran cicatriz en mi corazón, pero ¿sabes?...“nunca renunciaremos al mañana, aunque en el hoy nos toque la tormenta.” *

Nuestro andar está enraizado en esta fe que afirma San Pablo:

“…los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria  que se ha de manifestar en nosotros.” (Rm. 8,18).

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (Rm 8,35).Y yo añadiría…¿las heridas o las cicatrices “nada bonitas” en tu piel y/o en tu corazón?

“Pues estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra creatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm. 8,38).

La tarde comienza a caer, tonos rojizos sobre un mar que se llena de calma… “Sí”, ¡andemos camino, con todo y cicatrices!

¡Te amo Dios, mi fortaleza! (Salm. 18)

Con cariño y aliento, para tu propio andar.

Mariana López.

* Una bella canción del Jesuita, Cristóbal Fones. ¡Escucha y disfruta!

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